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jueves, 21 de agosto de 2014

'Las palabras del viento' (cuarta entrega)

Blog "Ataxia y atáxicos".

Mamen García
Por María Narro, pseudónimo literario de Mamen García, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara.
Extraído de 'GuadaQué'... (ver enlace al original en "fuente"... al final del artículo).

Notas del administrador del blog:

Con permiso explícito de Mamen, iremos reproduciendo en este blog los capítulos de la novela 'Las palabras del viento', previamente editados por ‘GuadaQué’, y dejando constancia, en forma de enlace, de la fuente original... Nuestra perioricidad pudiera ser de un capítulo (entrega) semanal. Si bien, no establecemos plazos concretos, ni fechas fijas de edición.

En cualquier caso, cada día a editar, como recordatorio, se consignarán los enlaces a los capítulos ya editados... con el fin de que ninguno de los lectores pueda perderse el hilo de la narración:

1- María Narro publica su novela por capítulos (presentación).
2- 'Las palabras del viento' (capítulo I).
3- 'Las palabras del viento' (segunda entrega)
4- 'Las palabras del viento' (tercera entrega)


Cuarta entrega de la novela de María Narro "Las palabras del viento"


Portada de 'Las palabras del viento'
Laura


Mo... belo!
Dejé el libro abierto sobre la mesa de cristal y fui hacia el jardín.

La niña dormitaba cerca de los rosales, el clima le sentaba bien, en eso había acertado, y la casa, aunque no muy grande, se estaba convirtiendo en un verdadero hogar. Mi padre se había acercado a la farmacia con Morfeo, y Laura los buscaba al despertarse. Después de explicarle que no tardarían en volver, la senté encima de mí y comencé a cepillarle el pelo.
La luz del atardecer hacía vibrar la nostalgia de algo mejor, pero oyendo a mi hija comprendí que se equivocaba como tantas otras veces.

Sólo una vez creí en los sueños y me quedé sola abrazando la realidad. El ansia por destruir la soledad se desbordó cuando entró en mi vida Roberto, el padre de Laura.
Le había conocido mientras estudiaba en Madrid Filosofía y Letras a finales de los años setenta, en 1.978 más exactamente. Él era editor y organizaba concursos literarios junto a algunos de mis profesores, luego los poemas y relatos ganadores los publicaba en su editorial.
Disociados, editorial Disociados.

Hay personas que escriben para sí mismas o para sus más allegados, pero otras deseamos entrar en el mundillo literario. Yo descubrí que quería probar suerte dentro de la literatura cuando quedé finalista en un concurso de poesía celebrado en Sigüenza, además de que doña Asunción siempre me había instado a ello.
Después de ganar el primer premio de poesía en el concurso anual de la facultad, ya en Madrid, Roberto se fijó en mí; quiso leer algunos de mis poemas, preparar una antología y publicarme un libro.
Desde ahí entré en una espiral de felicidad que dejé de tener los pies en el suelo, aunque siendo sincera debo reconocer que estuve fascinada con él desde el primer momento en que le vi. Su atractivo entraba por los ojos, su sensibilidad y afición a la poesía calaban en el alma. En un alma quebrada por la inesperada marcha de Morse a la Argentina años atrás, y que se negaba la oportunidad de volver a amar. Pero no pudo negarse a conocer la magia, las mentiras y el sexo.

Recuerdo el día de la presentación de mi libro Fuego de soledad. La mano de mi editor arropándome como un verso más y el orgullo de doña Asunción y de papá como la más preciosa música del acto. Pero aunque aquel era mi día según decían todos, yo estaba extasiada con Roberto.
La noche anterior mientras ultimábamos los preparativos habíamos acabado haciendo el amor. Le extrañó que a mis veinticinco años aún fuera virgen porque por mis poemas había sabido de la existencia de Morse, pero eso le excitó y obsesionó aún más. Me sentía tan liviana, tan feliz y misteriosa, tan mujer, que poco me importó saber que no era la única. Él hacía estremecer toda mi piel debajo de su cuerpo y yo sólo pensaba en eso. Quería más y más, emborrachar todos mis sentidos de poesía, sin sentirla, quería vivirla.
Las primeras críticas del libro me convirtieron en la nueva promesa de la editorial Disociados. Estaba tocando un sueño, un cuento con príncipe incluido y me dejé llevar.

Mientras estuve estudiando en Madrid viví en una residencia de señoritas, estudiantes todas de la facultad. No estaba permitido que allí entraran hombres, novios, amigos, ningún varón que no fuera familiar nuestro, por lo que mi relación con Roberto la viví al principio en su despacho de la editorial y luego en un pisito cerca de Sol, a escondidas de todos.
Nadie sabía que estábamos juntos, él lo había querido así. Primero pensé que era por la diferencia de edad o por estar vinculado al profesorado de la Universidad, pero al ir escuchando hablar de su fama de don Juan entendí que no quería despertar los celos de otras. Me daba igual, aquel sabor a prohibido lo engrandecía todo. Nos veíamos dos días entre semana o cuando teníamos que acudir a cualquier acto literario.
Siempre había sabido que era feliz escribiendo poesía, por entonces averigüé lo que me gustaba recitar mis versos ante el público… ante el viento. Cada vez pensaba más en las Hoces del Río Dulce y no quería darme cuenta. Me hacía daño recordar aquella época que iba unida irremediablemente a Morse, me sentía como vacía y asomada a un precipicio que no quería entender. Sin embargo con Roberto todo era más llano, o al menos más directo y luminoso.
Llevábamos juntos tres meses. Era muy inteligente y me enseñó mucho acerca de los libros, y aún más de la poesía. Además de ser un verdadero maestro de la seducción, poseía una mezcla de negra sensibilidad y erotismo que me hechizaban. Como aquella noche que me pidió que escribiera desnuda para él porque quería fotografiarme.

Había puesto en la casa pequeños focos de luz blancos y malvas, y lo había llenado todo de rosas blancas. Sólo quiso que me dejara la melena suelta. Empecé a escribir sin poder apartar mis ojos de sus ojos y sin un ápice de vergüenza:

Descalza sobre el viento
con sabor a luna,
salí a buscarte por la orilla de un sueño…

Y no sé si llegó a usar la cámara, ya que me cogió en brazos y me tumbó lentamente sobre la cama. Él también se desnudó, se tumbó a mi lado y me miró durante largos minutos de silencio. Después, como si de pronto hubiera reparado en la fragilidad de mi ser, me abrazó con una ternura que desconocía y apoyó su cara sobre mis senos hasta quedarse dormido.
Noté lágrimas resbalando por mi pecho y le abracé con fuerza decidiendo no volver aquella noche a la residencia, pero no pregunté nada que no quisiera contar.


A la mañana siguiente cuando me desperté, ya se había ido; en su almohada había dejado una rosa y una nota en la que ponía:
‘Para mi bella pelirroja chinesca, no te vayas nunca’.

Recogí mis cosas, me vestí y salí a la calle sin ducharme. Necesitaba aire. Estábamos a mediados del mes de Mayo, en una primavera excesivamente calurosa ¿o me sentía acorralada? Sabía que Roberto estaba empezando a intimar con una compañera de la facultad, e incluso me habían llegado rumores de que estaba casado... No entendía nada. ¿Por qué me hacía ver que estaba enamorado de mí si no era así? ¿Debía parar ya aquella obsesión de placer entre sus brazos? Yo pasaría el verano con mi padre en Sigüenza y él se olvidaría de mí; sí, eso pasaría… antes de que llegara a hacerme daño de verdad. No tenía sentido aquella relación donde sólo había atracción física y pasión por la poesía. Todo tiene un principio y un final, y el nuestro se aproximaba.
Caminaba sin ver por una acera apretada de gente y de sentimientos sin nombre mientras empezaba a recitar hacia dentro como si de un mantra se tratara:

Fuego de soledad abrazando la mañana
sintiéndome mujer en el aliento de un verso,
inspirando la belleza despacio...
y expulsando el dolor.

Al día siguiente me invitó de nuevo a cenar en el piso. Hicimos el amor con la urgencia de dos amantes que no se ven durante meses, y mientras cenábamos me preguntó si quería acompañarle a la feria del libro de Frankfurt en el próximo otoño.
-¿Cómo...?


La semana anterior había estado firmando mi libro en el Parque del Retiro, conociendo a escritores altamente consagrados y hablando con poetas que no habían podido editar todavía. Me hicieron sentir privilegiada. No era fácil publicar, y yo había tenido la inmensa suerte de caer en las manos de Roberto y participar en la Feria del Libro de Madrid. Aún teníamos pendiente un recital de poesía que se celebraría en la Casa de América a principios de junio, pero yo creía que ese era nuestro broche de oro, nuestro punto y final. Por eso su petición de acompañarle a la República Federal Alemana en el mes de octubre me había descolocado.
Me contó que hacía dos años también le habían invitado a viajar a Frankfurt y no había podido ir. El viaje, aquella vez, hubiera sido en coche y la sola posibilidad de tener que pasar cerca de Berlín y su muro de la vergüenza le echaron para atrás; amén de los problemas con las fronteras alemanas y que la situación para salir de España no estaba muy boyante con la reciente muerte de Franco. Ahora era diferente, además de que el viaje sería directo en avión necesitaba y quería respirar más de cerca los pasos de Goethe.



El verano del 78 fue un tanto bohemio, entre poesías infinitas escritas en aviones de papel, añoranzas... y leyendo Fausto. Si hubiera podido, también habría hecho un pacto con el diablo ya que no quería a ninguna mujer que no fuera yo cerca de Roberto, lo había sabido cuando vino a verme a Sigüenza a mediados de julio.
Pasamos todo un día juntos, apagando el deseo por estar tanto tiempo separados y, tumbados en la hierba bajo las murallas del castillo. Mirábamos el cielo, pero yo sólo veía en él las palabras de Roberto dibujando la pasión de Goethe por Weimar, su humanismo, su amor por la naturaleza, sus tratados sobre el alma, e incluso su época de frivolidad detrás de las mujeres…
-¿Acaso le reprochas que alguna vez le gustaran todas? –pregunté desde el cielo acariciando sus dedos sobre la hierba.

Me miró apoyándose en un codo, y sonrió mientras me desabrochaba un botón de la blusa con su mano izquierda:
-Mi adorada pelirroja chinesca, follar con cualquiera nunca será lo mismo que hacer el amor contigo –le oí susurrar habiendo entendido mi pregunta.

Entrada la noche, queriendo detener el tiempo con abrazos en la estación de ferrocarril, me dejó su libro preferido: Fausto, pero yo sólo pensaba en su boca…

Mi fe, mi fantasía, mi ilusión
tu boca...
bajo las aguas del deseo
sobre un arco iris de amapolas,
junto al inicio de un sueño.
Surgiendo entre nieblas la pasión
convertida en pantera de oro negro,
enredada con fuego el corazón.
La noche cayendo desarmada
vestida de besos sin final,
mi fe, mi fantasía, mi ilusión
tu boca...

No nos volvimos a ver hasta que comenzó el nuevo curso. Me había escapado un fin de semana de agosto a Madrid para verle ya que me había dicho que estaría todo el verano trabajando, pero no le pude encontrar. La editorial estaba cerrada y en el piso no hubo nadie en dos días, por lo que decidí sobrevivir el resto del verano escribiendo poesía y olvidándome del mundo, de Mefistófeles, de Fausto y de Roberto.
No obstante, Dios los cría y ellos se juntan que diría mi abuela Bernarda, retomamos nuestra clara oscura relación antes de marchar a la feria del libro de Frankfurt,  Frankfurter Buchmesse. No hubo preguntas, él me dijo que había surgido un compromiso que le mantuvo fuera de Madrid y había cerrado la editorial unos días, y yo supe que no tenía que haberle preguntado nada a la mujer de la limpieza.
Pero al estar juntos la pasión se desbordaba de tal forma que sólo importaba el momento.


Poco hablábamos de negocios, aunque iba a publicarme un nuevo libro sabía que el viaje nada tenía que ver con mi poesía y sí con alguna negociación, con una editorial alemana, y la realización de un viejo sueño. Quería reeditar parte de los poemas de Goethe y escribir una tercera parte de Fausto desde un alma femenina, y ahí entraba yo.
Cuando me contó su sueño, minutos antes de embarcarnos hacia Fráncfurt del Meno, me asusté. No me consideraba capaz… no quería defraudarle… y a mí me rondaba la idea de preparar una tesis sobre Lorca. Era dejar mi sueño por su sueño...
¿O creer más en sus sueños que en los míos?
Roberto me notó intranquila y me pidió que me relajara, disfrutara y observara.

La primera noche en Alemania estuve muy impresionada por el sabor aún presente de la segunda guerra mundial. Por entonces los edificios más emblemáticos de Frankfurt como la vieja ópera o la casa de Goethe aún estaban en ruinas por el bombardeo de 1944, y la visita al día siguiente al campo de concentración de Buchenwald a ocho kilómetros de Weimar me tenían un tanto deprimida.

-Roberto –le dije mientras tomábamos una copa en la habitación del hotel–, yo no quiero ir a ver el campo de concentración…
-Pero si es una visita obligada, cariño, es historia… no seas niña. También iremos a Weimar aunque mis amigos sólo quieren ver el campo –contestó mirándome con extrañeza.
-Son los horrores de la historia, Roberto, y a esta niña le basta con saberse la teoría. ¿Te acuerdas cuando me dijiste que pasar cerca del muro de Berlín te había echado para atrás a la hora de venir a Alemania en coche? Y no sé qué diablos tiene que ver el campo de concentración con Goethe –respondí algo alterada sentándome en el borde de la cama.
Se sentó a mi lado y me abrazó.
-Mercedes, Buchenwald era un pequeño bosque que solía frecuentar Goethe…
-Era un bosque, Roberto, tú lo has dicho... era –le corté a la vez que me ponía de pie-. Mira –le dije después de apurar mi copa de un trago-, me pides casi que sienta y observe como él porque de otra forma no podría continuar su obra, y una cosa tengo muy clara: nadie con la sensibilidad de Goethe iría a admirar y sacar fotos de un sitio tan macabro como un campo de concentración…
-¡Touché! –exclamó sonriendo y alzando su copa hacia mí.
-No me puedes pedir que vaya –dije más tranquila- prefiero disfrutar de la feria y reparar un poco más en la literatura alemana, perderme por callejuelas sin recuerdos de guerra y quizá montar en ese tranvía de vapor que hemos visto. –me acerqué y le besé en los labios-. Nunca olvides que la poesía muere cuando hay violencia.
Esa frase fue como si le pegara un puñetazo.
Se quedó muy serio, a mil kilómetros de repente aunque sintiera su aliento en mi mejilla. Se acercó a la ventana y encendió un cigarrillo evitando mirarme. Qué he dicho iba a preguntar, pero él se me adelantó:
-¿Dónde has oído eso?
-¿Eso? –pregunté sin saber a qué se refería.
-Lo de la poesía y la violencia –dijo mirando a través de los cristales la fría noche alemana.
-Pues no lo sé... se me acaba de ocurrir, o quizá lo lleve dentro desde que estudié a Lorca –le dije poniéndome a su lado.
-Ismael siempre me lo decía en sus cartas... la poesía muere cuando hay violencia, los poetas seguimos dando guerra, Roberto, pero la poesía muere cuando hay violencia... recibí una carta suya cada quince días desde Rusia... en 1941...
Preguntar quién era Ismael me parecía fuera de lugar aunque me moría de curiosidad. Agarré su mano y la apreté invitándole a sentarse en la moqueta del suelo conmigo.
-Desapareció en el infierno blanco... a cincuenta grados bajo cero. Ismael era mi tío más joven... él me enseñó a amar la poesía... ¿has oído hablar de la División Azul? –negué con la cabeza, incapaz de interrumpir aquel vinculo de intima comunicación que se había establecido. Me miró a los ojos y siguió hablando-. Ismael fue un soldado más de la 250 División de la Wehrmacht que luego se conoció como la División Azul... la gran jugada maestra de Franco... el jodido Franco...
-¿Gran jugada maestra de Franco? –pregunté incitándole a que rompiera el tenso silencio que le acababa de cercar en el pasado.
-...verás, él hizo creer culpable al comunismo ruso de los tres años de matanza y odio entre españoles... de esta forma consiguió voluntarios para el ejército que envió a Rusia... él saldó su deuda con Hitler por la ayuda prestada en la guerra civil. Mi hermano, bueno, mi tío... se alistó como voluntario forzado, forzado porque él pertenecía a las Juventudes Socialistas y si no se alistaba le encarcelaban y fusilaban como a tantos otros... tantos otros... pero él nunca estuvo al lado de Franco ni mucho menos de Hitler... sólo quería sobrevivir como muchos de los casi veinte mil reclutas de la División Azul... veinte mil... ¡Y despareció! Mi hermano desapareció entre miles de héroes anónimos... quizá congelado.
Suspiré hondamente y cerré los ojos.
¿Hasta cuándo me perseguiría la cruenta sombra de la guerra?
Me abracé a su pecho sin saber qué decir.
-.... mañana me quedaré contigo en la feria... y leeremos poemas de Goethe –dijo acariciándome el pelo cuando le sentí volver de su viaje al pasado.
-Perfecto.


Bastantes años después de mi visita a Alemania caería el muro de Berlín, y varios años más tarde ocurriría la reunificación alemana, pero mi pensamiento ya estaría muy lejos.
De Ismael... jamás volví a oír hablar; la Historia ha corrido demasiado veloz sobre la denostada División Azul... Quizá sea por eso.


Los meses que siguieron a nuestro viaje los pasé estudiando; enfrascada en la universidad y metiéndome en la piel de Goethe y su Fausto.
Roberto estaba encantado con mi dedicación y apenas nos veíamos porque no quería molestar, según decía. Ya tenía preparada la presentación de Viento de luna, mi nuevo libro de poesía. Mientras, yo intentaba comprender la locura de Margarita, el amor de Fausto. Me había costado mucho entender la culpabilidad de mi padre años atrás, pero que asesinara a su propio hijo por sentirse culpable era algo inconcebible para mí. Soñaba con ella, con los trucos de Mefistófeles, con la pasión hecha pecado... quería entender, y no me daba cuenta de que Roberto y yo estábamos cada día más alejados. Ni siquiera le había dicho que tenía una semana de retraso.
Mis problemas con la anemia por la falta de hierro se habían vuelto crónicos, aunque no eran graves habían hecho de la menstruación un reloj de nervios y sensibilidad siempre puntual. Estaba algo obsesionada con el hijo de Fausto, y lo olvidé.

El día de la presentación de mi nuevo libro y mientras recitaba desde el estrado algunos versos, vi a doña Asunción hablando algo acalorada con Roberto.
-No sabía que conocía al editor de Disociados –la dije cuando después del acto tomábamos un vino.
-Es una larga historia, Mercedes... creo que te has superado con éste Viento de luna –dijo acariciando la portada del libro-, éste poema habla solo:

Anocheceres dormidos desnudando la luna
robando silencios que acarician el alma
gacelas…
gacelas de esperanza surcando el cielo
cielo de noche preñado de sueños,
sueños de libertad
sueños de algo más…
de mucho más


De mucho más… escuché antes de que se empezara a nublar todo.

Desperté sin saber dónde estaba. Me costaba distinguir una habitación que no conocía. Era pequeña y estaba muy oscuro. Oía la voz preocupada de mi padre. Doña Asunción empapaba mi frente mientras Roberto me daba aire.
-¿Qué ha pasado?  -pregunté mirando a Roberto.
-Sigue tumbada y no hables –dijo papá poniéndose a mi lado-, hasta que te examine el médico no te muevas.
-Álvaro –le dijo doña Asunción a mi padre-, nosotros nos vamos, luego te llamo a la residencia de Mercedes.
-¿Y Roberto? –pregunté al volver a abrir los ojos.
-¡Shhssss...! –dijo papá acariciando mi frente.


Estaba embarazada de casi dos meses, me sentí la mujer más llena y feliz del mundo. Mi padre ni siquiera preguntó de quién era, estaba tan aliviado porque la anemia no hubiera degenerado en lo mismo que le ocurrió a mi hermana que sonrió con los labios hacia dentro y dijo:
-Bueno... pues aquí estoy.

Yo quería correr a decírselo a Roberto, pero esperé dos días hasta reincorporarme a la facultad y hablar con él. No le vi. A la salida de clase encontré a doña Asunción esperándome. Fuimos a dar un paseo por el parque, dijo que me convenía andar, por lo que entendí que ya sabía lo de mi embarazo. Estaba rara.

-¿Es Roberto el padre? –preguntó según caminábamos mirando al suelo.
-¡Sí! –contesté sonriendo.
-Creo que debo contarte algo... aunque no sé muy bien porqué lo hago... ¿nos sentamos?

Recuerdo a una doña Asunción dolida y triste mientras hablaba. Siempre la había llamado con el doña que me enseñó la abuela, pero nunca había reparado en que tan sólo era diez años mayor que yo. Ella llegó un año después de separarse, a vivir con su tío don Cosme. El pueblo se había quedado sin escuela, tampoco había maestro fijo desde que acabara la guerra civil y como por entonces nadie iba al pueblo a enseñar con regularidad, decidió hacer las gestiones oportunas para quedarse allí. Convirtió parte de la enorme casa de su tío en un lugar de enseñanza, y comenzó a ejercer su profesión lejos de la presión de la Sección Femenina de Guadalajara...
-No la soportaba, aunque eso ya lo sabías. Fui un tanto rebelde para mi época, Roberto también...
-¿Qué tiene que ver Roberto con lo que me está contando? –la pregunté tomando sus manos y adivinando la respuesta.
-Me casé con él hace veinte años. Demasiado jóvenes... demasiado locos por la poesía... –me sorprendí abrazándola-. No podía durar, su constancia para querer sólo a una mujer es nula, pero con el niño cambiará...
-¿Por qué discutían el día de la presentación?
-Se rumorea que pronto habrá divorcio en España y Roberto quiere apuntarnos en una lista de espera, aunque el verano pasado me juró que quería volver...
-¿El verano pasado? –pregunté.
-Sí, en agosto, y el verano anterior... quiere volver cada año. Ni contigo ni sin ti –me dijo mordiéndose los labios.
-¿Y usted le quiere?
-No lo sé, Mercedes, no lo sé... no sé si aguantar esto tiene un nombre.


A mi padre no le extrañó encontrarme de vuelta en Sigüenza con una maleta y sin querer volver a Madrid. Él sabía de sobra quién era Roberto. De hecho, la publicación de mi primer libro de poesía fue una petición de doña Asunción al editor de Disociados.
No le dije que estaba embarazada. Su mujer le avisó durante el parto, cuando vieron que se producían serias complicaciones en el nacimiento de mi hija.



Bernarda Alba

Mamen García
España ha dejado de ser católica....
El Sol, 14 de octubre de 1931

-La situación del país se hace insostenible, Bernarda –le decía Jacinto a su mujer mientras ésta amamantaba a la niña-, ¡qué poco me gusta este Manuel Azaña! Desde que nos quitan las tierras y se mira mal a los pobres curas... ¿Y el Rey? ¿Qué han hecho con el Rey? ¡Tanta República, tantos pájaros en la cabeza! Eso no pué ser bueno... parece que todo se ha vuelto del revés. Fíjate tú que cuando he subido a Sigüenza me encuentro al Cosme, ese cura tan joven que acaba de llegar al pueblo, y me enseña el periódico casi llorando. Dice que tienen reunión casi todos los días con el obispo porque no saben cómo afrontar esta nueva moda de ateísmo...
-¿Quién es la niña más guapa? –preguntaba la dichosa mamá a su pequeña Alicia limpiando su carita.

Bernarda y Jacinto se habían casado hacía cinco años. El joven pregonero de Pelegrina y su hermano Juanito habían recibido una de las mayores herencias del condado de manos de su tío Ramón, el amo de varios pueblos de la comarca. Jacinto instaló en uno de esos pueblos su casa, a su joven esposa y a su hermano pequeño pues ambos eran huérfanos. Pasaban los años bañados en políticas lejanas. Las salpicaban los periódicos o la radio de Sigüenza y eran de su propio país, pero aquello no iba con ellos... hasta que les expropiaron parte de su herencia. Entonces sí, entonces sí se iba armar una gorda porque aquello no iba a quedar así...
Por su parte Bernarda vivía su maternidad con la plena felicidad de quien ha esperado cuatro largos años para quedarse embarazada. Aunque había cuidado a Juanito desde que tenía cinco años, la pequeña Alicia salida de su vientre lo había convertido todo en alegría. También las pamplinas de los periódicos que no entendía ni sabía leer.

Fue durante la Semana Santa del 32, después de que en mayo del año anterior se quemaran casi una docena de iglesias y conventos en Madrid, que empezó a sentir miedo y a prestar atención a las explicaciones de su marido.
Caminaba y oraba cerca del Cristo crucificado en la procesión del jueves santo. La niña ya se andaba e iba agarrada a una punta de su delantal, Juanito iba con ellas. Aquel año había menos gente en la procesión; no entendía por qué no estaba allí la Felisa y su marido Antonio, o don Perico, el maestro. Pero aparte de notar algunas ausencias Bernarda cantaba y oraba, como todos, como lo había hecho toda la vida:


-¡Cabrones! ¡Qué se mueran los curas! –gritó alguien a la vez que una piedra rompía parte de la cruz del Cristo.

Seguían tirando piedras no se sabía muy bien desde dónde. La gente gritaba y corría protegiendo sus cabezas. Bernarda cogió una piedra dispuesta a defender al Cristo, pero el joven párroco la ordenó que cogiera a los niños y corriera a casa. La pequeña lloraba sin consuelo sentada en el suelo al ver a todos chillar y correr, y Juanito... Juanito, a sus once años, aprendió a defender lo que había hecho toda la vida, como su cuñada Bernarda.

Cerca del verano, una mañana de alegre sol que hacía olvidar los desajustes que últimamente había en el pueblo, apareció por su casa el maestro llevando al niño agarrado de una oreja:
-Cuenta lo que has hecho –le dijo cuando vio a Bernarda mirándole intrigada.
-Nada... ¡Ay! –se quejó cuando sintió a don Perico tirándole de la oreja.
-Se lo cuentas tú o se lo cuento yo...
-Que le he empujaó... nada... ¡Ay! –se quejó de nuevo.
-¡Por Dios y por la Virgen que lo cuente alguien antes de quel niño me se quede sin oreja! –dijo Bernarda casi en jarras.
-Tu cuñado le ha partido la nariz al hijo de doña Angustias –le dijo el maestro tirando al niño más fuerte de la oreja.
-¡Ay! ¡Ay...!
-¿De la Angustias? –preguntó Bernarda llevándose las manos a la cabeza-, ¡y usted suelte la oreja del crío o también se la parte!
-Sólo le he empujaó, lo que pasa es que el Sergio es un debilucho –dijo Juanito protegiéndose detrás de su cuñada cuando don Perico le soltó.
-Bernarda, escucha y corrige al niño si no queréis llevaros un buen disgusto –dijo muy serio el maestro-, desde Madrid han venido normas, a partir de ahora no se estudiará la asignatura de religión en los colegios... no me mires así Bernarda, para eso están las iglesias...
-No he dicho ni , señor maestro –le replicó esta cogiendo en brazos a la niña que se había acercado a ellos.
-Ayer guardé un crucifijo que presidía el colegio, ya que no me parece el lugar adecuado para tenerlo –continuaba contando el maestro ante la atenta mirada de Bernarda y los dos niños –, y esta mañana me he encontrado a Juanito pegando a Sergio y llamándole ladrón de crucifijos...
-¡Pero es que Sergio piensa como usted, es como usted! Y nosotros no somos así ni mi hermano tampoco –le gritó Juanito ante el asombro de Bernarda.
-¿Y que soy yo, muchacho? –le preguntó un don Perico totalmente sereno y respirando paz.
-¡Un republicano! Nada bueno para éste país –concluyó el niño repitiendo las mismas palabras que le había oído tantas veces a  su hermano.


El día de Navidad de aquel mismo año Micaela, la hermana de Bernarda, hablaba de sus dos hijas de leche, Pilar y Fernanda. No se había casado, después de conocer a Zacarías y saberle ya comprometido ningún otro hombre le interesó, por eso sus hijas de leche eran su familia. La noche anterior había cenado con ellas en el hospicio de Sigüenza, donde ambas vivían y trabajaban desde que habían muerto sus padres. Una nochebuena rodeada de tanta gente necesitada de amor era demasiado bonito para ser verdad...
-¡La Virgen Santa, Micaela! Tú te me vuelves monja como esas dos –dijo Bernarda entre risas.
-¡Qué no son monjas, carajo! –le contestó su hermana dejando la taza de café sobre la mesa y conteniendo la risa-. Pilar ayuda a los pobres y a los niños abandonados del hospicio como enfermera o celadora... ¡Qué sé yo! Y Fernanda trabaja en la fábrica de calzado que hay allí. Pero lo mejor de anoche fue conocer a la niña Lucía.
-¿La niña Lucía? –preguntó Bernarda sirviéndola más café.
-Es una niña de un año con la que se han encariñado mis hijas, es preciosa –decía Micaela llevándose a la boca una pasta de avena-. ¡Hum...! ¡Esto está buenísimo!... como te decía.... a la niña la abandonaron cuando tenía un mes y la ha criado casi mi Pilar, y las chicas están esperando a que la nodriza acabe de amamantarla para que yo me la lleve a casa y le dé una familia...
-Pero si tú no estás casada –dijo Jacinto mostrando un interés repentino por la conversación.
-Me la llevaría sólo por temporadas, a no ser que vosotros... –le contestó empezando a mirar con ojos suplicantes a su hermana.
-¡Ah... no! ¡No, Micaela! ¡So, hermana, que te veo venir!- zanjó el tema Bernarda llevando las tazas del café a la cocina.
  
Aquella Navidad Micaela no consiguió que su hermana y su marido acogieran a la niña Lucía, pero al menos obtuvo la promesa de que cuando llegara el buen tiempo ambos subirían a Sigüenza a conocerla. Bernarda acababa de descubrir que estaba embarazada de nuevo.


Tuvo un  aborto natural a mediados del mes de febrero, un poco antes de que el argentino se instalara en el pueblo y comenzaran los cuchicheos:
Se llamaba Samuel Salgado, llegó al pueblo con las llaves de la casa del tío Benjamín muerto hacía años y eso había inquietado a todos. Dijo que se la había comprado a un pariente en Madrid y ahora era suya.
Todas las mozas casaderas del pueblo estaban encantadas porque se disponía a vivir allí, hasta Bernarda olvidándose del aborto había ido con la mula a Pelegrina para traer a su hermana.
-Y no habla de politiqueo ná de ná -le dijo a ésta.
-Porque no sabrá español -le contestó la otra.


Unos días después aprovechando que Jacinto iba al mercado de Sigüenza a por simientes y algunos aperos de labranza para la cuadrilla que trabajaba las tierras que le quedaban, Bernarda decidió ir con él y pasarse por el hospicio. Dejó a Juanito en la escuela, y, abrigando a la pequeña Alicia, subió al carro. El solitario sol en aquel cielo raso engañaba más que otra cosa y madre e hija se echaron una manta por encima.
¡Qué bueno sería comprar ese automóvil que le han ofrecido a Jacinto!
-A ver la República qué hace con nuestro dinero -decía su marido.

En el hospicio las recibió Pilar que estaba enseñando a andar a la niña Lucia...
-Mírala –dijo Bernarda cuando las vio-, ¡pero qué preciosidad de niña, Virgen bendita!
Fernanda no estaba allí, tenía el día libre, y Pilar aprovechó para enseñarles aquello dejando a las dos niñas jugando con los demás chiquillos. Las salas eran inmensas y llenas de luz; conocieron a la gobernanta además de estrechar muchas manos agradecidas no sabiendo ellos muy bien el porqué. Jacinto enseguida dijo que se tenía que ir y que la esperaba cerca del mediodía en la plaza mayor. Cuando Bernarda sintió que ya no había presencia masculina que la cohibiera se agarró del brazo de Pilar y le dijo:
-Esto es más cosa de mujeres ¿verdad? –Pilar asintió esbozando una sonrisa forzada-. Dime por qué quieres que la adoptemos –dijo mirando a Lucía que jugaba con la pequeña Alicia.
-Mi hermana y yo no queremos que se la lleve cualquiera, la trajeron cuando sólo tenía un mes y la hemos cogido mucho cariño. Ya casi tiene el año, es una niña muy sana y...
-La verdad, Pilar –dijo Bernarda cortándola.
-¿La verdad? No te entiendo, Bernarda...
-Sí, sí mentiendes... puede que a mi hermana, que de lo buena que es parece medio tonta, la hayáis engañado pero a mí no.
-No te entiendo, en serio...
-Mira, Pilar, llevo más de dos años sin verte, estás más gorda... como si hubieras parido, y la pequeña tiene tus ojos ¿Mentiendes ahora o llamo a la gobernanta pa preguntarle quién amamanta a la niña Lucía?
-No hace falta, Bernarda, la amamanto yo, y sí... es mi hija –le contestó Pilar mirándola a los ojos y con la cabeza muy alzada.
-Eso está mejor... y ahora ¿me lo cuentas?

La explicación era sencilla, la historia de Micaela se volvía a repetir. Seminarista deja a chica joven preñada y lo niega. O Bernarda era muy tonta o cada vez entendía menos la atracción de lo prohibido “lo que no se pue, pues no se pue. ¡Qué se metan a putos y no a seminaristas, leches!”; pero lo que sí entendía eran las mentiras e invenciones de Pilar y de Fernanda por estar cerca de la niña Lucía. Y por eso, sólo por eso, dijo que su techo sería el de la niña cuando tuviera tres o cuatro años y dejara de amamantarla. Firmarían los papeles, ante el alivio de Pilar, y nadie que no fuera Bernarda se la podría llevar.
Impensable era que una mujer soltera como ellas se hiciera cargo de su hijo, ni siquiera en el hospicio.


Pasado el mediodía Bernarda, con Alicia en brazos, buscaba entre los puestos de la plaza mayor a su marido. Tenía tantas ganas de contarle lo de la pequeña Lucía; sabía que no se iba a oponer porque le gustaban mucho los niños. “Dentro de tres años la tendremos en casa, vendremos cada mes a verla para que se acostumbre a nosotros, y seguro que yo pa cuando nos la llevemos ya tendré dos niños más”. Nada... que Jacinto no estaba allí. “Ya estará con el politiqueo”.
Siguió esperando mientras la niña se empezaba a dormir.

-¡Qué pacencia y qué aburriá me tiene con las políticas!
-¡Pelea, pelea! Hay pelea en la bodega del Isidro –dijo un niño que pasó corriendo a su lado.
-¡La madre que le parió! –dijo Bernarda cerrando los ojos e intentando recordar por dónde se iba a la bodega.

Le encontró en la puerta medio mareado, echaba sangre por la boca y Bernarda corrió hacia él. Una de las mujeres que había entre un grupo de curiosos dijo que ella le sujetaba a la niña. Dudaba de todo pero tenía que socorrer a su marido y al mirar aquella mujer y ver a Encarna, la mujer de Zacarías, asintiendo con los labios apretados le entregó a la pequeña.
La sangre es muy escandalosa, además de dos dientes rotos y varios moratones por todo el cuerpo no tenía nada. Eso dijo el médico después de examinarle en el consultorio al que les habían llevado Zacarías y Encarna.

Una vez que los tres hubieron salido de Sigüenza y Jacinto se sintió arropado por la seguridad que le daba vislumbrar de nuevo su casa en el horizonte, empezó a hablar cuando la niña, todavía asustada, se quedó dormida.
-¡Cacique... me llamaron cacique porque digo a quien me quiere escuchar la verdad... esto de la República no tiene solución, y si no, al tiempo! ¿Cacique yo? ¡Mecagonlahostia que gente más cerrá! Si no está allí el Zacarías me matan.

Bernarda no dijo nada, no tenía nada que decir, tan sólo abrazó a su pequeña protegiéndola del frío y de las dudas que producen no saber qué está pasando.

(Continuará)

Fuente original en 'GuadaQué': Las palabras del viento - María Narro - capítulo 4.

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miércoles, 20 de agosto de 2014

Rol del PET-CT en pacientes con Ataxia Cerebelosa

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Carolina Baronti ... para "www.on24.com.ar". (Ver enlace al original en "fuente" ... al final del artículo).

Es una técnica de diagnóstico innovadora, que combina los beneficios de la medicina nuclear

Diagnóstico por Imágenes

La ataxia es un síntoma, no una enfermedad, que quiere decir torpeza o pérdida de coordinación. La ataxia cerebelosa se caracteriza clínicamente por presentar alteración del equilibrio, dificultades en el habla e incoordinación de los movimientos oculares, entre otros, pudiendo además ser manifestación de un síndrome paraneoplásico.

Los síndromes paraneoplásicos son disfunciones del sistema nervioso en pacientes con cáncer sistémico, no producidas por invasión metastásica, infecciones oportunistas, lesiones por radio o quimioterapia ni por alteraciones metabólicas, nutricionales o vasculares. La mayoría de éstos evolucionan en forma subaguda, siendo la degeneración cerebelosa el cuadro más frecuente después de las neuropatías paraneoplásicas.

El PET-CT es una técnica de diagnóstico innovadora que combina los beneficios de la medicina nuclear, que nos permite realizar un estudio funcional, y el alto detalle anatómico de la tomografía computada multicorte.

Los hallazgos a nivel encefálico en pacientes con ataxia cerebelosa como síndrome paraneoplásico consisten en una disminución de la actividad metabólica que compromete al cerebelo; pero al ser el PET-CT un estudio corporal total, podemos realizar un escaneo de todo el cuerpo y así detectar lesiones con incremento metabólico, sugestivas de ser orgánicas primitivas en diferentes órganos, y de esta manera llegar a un diagnóstico presuntivo, que posteriormente deberá ser confirmado por biopsia y/o cirugía.

En nuestra experiencia, las lesiones más frecuentemente encontradas asociadas a ataxia cerebelosa como síndrome paraneoplásico, y que posteriormente fueron confirmadas por anatomía patológica, fueron neoplasias renales y colónicas.

Podemos decir que esta metodología diagnóstica tiene un rol fundamental en el estudio de pacientes que presentan ataxia cerebelosa, y que ya han sido estudiados con tomografía y/o resonancia sin presentar hallazgos concluyentes, como así tampoco antecedentes familiares ni personales que justifiquen la sintomatología; siendo el estudio de PET-CT determinante en la detección de patologías subyacentes que no habían sido detectadas previamente por otros metodologías diagnósticas.

Fuente: Rol del PET-CT en pacientes con Ataxia Cerebelosa.

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2- Sección 'PowerPoint de humor del día'

Para visionar y/o guardar el archivo PowerPoint, pinchar en: 'El Pingallé'.

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martes, 19 de agosto de 2014

Cartel para el 'Día Internacional de la Ataxia' (año 2014)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich, de la provincia de Burgos.

Se acerca el día 25 de septiembre: “Ataxia Awareness Day”. Ese día que nos han concedido para “dar a conocer nuestra enfermedad”... tal vez se pudieran añadir otros objetivos secundarios, dependiendo del potencial de la entidad asociativa que los lleve a cabo... y, por supuesto, debiéramos aprovechar tal concesión de alguna forma.

Desde luego, el cometido que yo me he marcado es para realizarlo previamente a la fecha citada: proveer a las Asociaciones, o Federaciones, hispanas (sin excepción), de ataxia de materiales que pudieran utilizar en este día... Hoy vamos con el cartel de este año 2014, para este día de dar a conocer la ataxia.

Advertencia: Por supuesto, la imagen (a la derecha) es una réplica de dicho cartel. No obstante, es un tamaño reducido, que únicamente sirve para ejemplo, e ilustración de este artículo. Si alguien deseara confeccionar carteles para su asociación o federación de ataxia, deberá bajar el cartel, al menos uno, de los dos formatos de impresión (más abajo). Y, antes de imprimir, colocar el logotipo, dirección, y teléfono, de su asociación o federación, en espacio en blanco, destinado para ello (rectángulo de abajo)... y en sus aledaños, si no cupiera:

Formatos de impresión, para imprimir al tamaño que se desee, siempre que éste sea en dimensiones proporcionales a las del documento original (para bajar, pinchar en:)

1- En ".jpg" POSTER-ATAXIA-2014.jpg
2- En ".pdf" POSTER-ATAXIA-2014.pdf

Ni yo, ni "Ataxia y atáxicos" figuramos, ni debemos figurar, por ninguna parte. Se trata de trabajos, ofrecidos de forma altruista a Asociaciones y/o Federaciones hispanas de ataxia (sin excepción de ningún tipo). Si les interesara cualquiera el cartel, antes de imprimir, sería ellas quienes debieran colocar en los espacios en blanco sus propios logotipos y direcciones.

El autor del cartel, al igual que en los tres años anteriores, es el ilustrador barcelonés, Juanma García Escobar (hijo de atáxica)... página web: http://www.juanmagarcia.net/.

Quede claro que el trabajo de Juanma García Escobar, desde su profesión de diseñador gráfico, es totalmente altruista, en favor del colectivo atáxico (entre quienes, lamentablemente, también se encuentra su madre). El mérito de realización de los carteles es suyo... yo solamente ejerzo de mediador.

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2- Sección 'Video musical del día':

Como persona "medio-educada" :-) discrepo del título puesto al vídeo por quien lo ha colgado en "YouTube": 'BIEN PUESTOS'. Además suena sexista... lo firma una mujer... quizás se refiera a "versos"... pero lo dicho, suena feo... No obstante, ése no es el título de la bella y animadora canción. Aunque no se dice, se titula '¡Resistiré!'... y creo que canta (sólo creo, no afirmo) el argentino Juanón Lucero.



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lunes, 18 de agosto de 2014

'El camino', de Miguel Delibes - Daniel, el mochuelo

Blog "Ataxia y atáxicos".

A través de la primera entrega de la novela ‘Las palabras de Viento’, de María Narro, pseudónimo literario de Mamen García, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara... editada en este blog hace unos diez días, hemos llegado, por alusión en varias ocasiones, a la novela 'El camino', del escritor Miguel Delibes:

Miguel Delibes (Resumen... datos extraídos de Wikipedia).

Miguel Delibes Setién (1920-010) fue un novelista español y miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte. Comenzó su carrera como columnista y periodista de 'El Norte de Castilla', periódico que llegó a dirigir... para dedicarse, luego, solamente a la novela.

Gran conocedor de la fauna y flora de su entorno geográfico, apasionado de la caza y del mundo rural, supo plasmar en sus obras todo lo relativo a Castilla.

Se trata de una de las primeras figuras de la literatura española posterior a la Guerra Civil, por lo cual fue reconocido con multitud de galardones. Varias de sus obras han sido adaptadas al teatro, o se han llevado al cine.

'El camino' (Resumen... datos extraídos de Wikipedia).

Una de las obras más importantes de Miguel Delibes es El Camino. De hecho, es considerada una de las obras maestras de la narrativa contemporánea. La novela está ambientada en la época de la posguerra, cuando España quedó sumida en la más mísera pobreza tras finalizar la Guerra Civil y el malestar social junto a la fuerte represión eran una constante en todo el país.

El Camino cuenta la historia de Daniel el Mochuelo, un niño que tiene que dejar su pueblo natal para mudarse a Madrid y acabar allí sus estudios. Durante la noche antes a la partida, Daniel recuerda todo lo que le ha ocurrido en ese lugar, sus amigos, sus peripecias y descubre que su camino está en esa aldea, no en la capital, que ese pueblo es su vida y no puede dejarlo.

Argumento de 'El Camino' (Resumen... datos extraídos de Wikipedia).

La aldea donde acontece la historia está inspirada en Molledo (Cantabria), pueblo natal de los padres de Delibes y donde éste pasó largas temporadas de su infancia.

Allí vive Daniel, un niño de 11 años al que todos conocen como el Mochuelo. Este apodo se lo puso un amigo suyo, Germán el Tiñoso, ya que según él miraba todo como si le asustase.

La historia comienza cuando la noche antes a su partida a la capital, Daniel, insomne, en la cama, no puede parar de darle vueltas a la decisión de su padre, el quesero del pueblo, de que vaya a estudiar Bachillerato a Madrid al día siguiente.... Es entonces cuando empieza a recordar todas las aventuras que le han sucedido a lo largo de su vida en el pueblo, sobretodo las que ha vivido con sus dos mejores amigos, Germán El Tiñoso y Roque El Moñigo.

En definitiva, 'El Camino' es una novela conmovedora, nostálgica, y con tintes realistas.

Novela:

A la novela (en texto) puede accederse pinchando en: Novela 'El Camino'.

Formato audiovisual (en 5 vídeos de TV).

1- 'El Camino' (capítulo I).
2- 'El Camino' (capítulo II).
3- 'El Camino' (capítulo III).
4- 'El Camino' (capítulo IV).
5- 'El Camino' (capítulo V).

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sábado, 16 de agosto de 2014

Robinson Crusoe

Blog "Ataxia y atáxicos".

Hoy, sábado nos vamos al cine [el/la que quiera, claro... a nadie llevaremos atado :-) ]. La película de nuestra cartelera ha sido recomendada por mí, el tal Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich, ... que espera "im-paciente" el retorno vacacional de Cristina, nuestra experta en cine, porque esta tarea de seleccionar películas le cae grande :-)

El título del film es ‘Robinson Crusoe’... y, al menos, por el agua casi omnipresente en los escenarios del rodaje, resultará apta para visionarla en medio de los calores del verano :-).

Descripción:

'Robinson Crusoe' es una película norteamericana del año 1997, y 91 minutos de duración. Está dirigida por Rod Hardy y George T. Miller. E interpretada por Pierce Brosnan, Polly Walker, William Takaku, Ian Hart, James Frain, Damian Lewis, Ben Robertson, Tim McMulian, Martin Grace, y Sean Brosnan.

Sinopsis de la película:(Extracto de 'Filmafinity')

Es una adaptación de la novela homónima de Daniel Defoe. El inglés Robinson Crusoe, el único superviviente de un naufragio, va a parar a una isla desierta, donde tendrá que enfrentarse con la naturaleza y la soledad, y también con una tribu de caníbales, a quienes arrebata un nativo al que bautiza como Viernes. El nativo pertenece a una tribu de la que ha sido expulsado, por lo que decide quedarse a vivir con Crusoe.

Para que podáis disfrutar de la visión, la citada película ha sido colgada en "el barco que compramos a José de Espronceda". Él/la que no sepa dónde se encuentra, que pregunte. En el blog no se dice, por ser "pecado legal" :-) ¡A lo mejor, nos espía la SGAE! Y, si se enterara, nos dinamitaría el barco, con todos dentro :-)

Quede bien entendido que somos piratas buenos: Aparte de no existir aquí fines lucrativos, la película está tomada en calidad de préstamo: Será borrada en 6 días, a partir de la fecha de emisión de este artículo.

De todas formas, quienes renieguen de mis nimias e inicuas trapisondas, pueden visionar esta versión de 'Robinson Crusoe' dirigida por Luis Buñuel, en el año 1954, alojada en "YouTube". Está en inglés, con subtítulos en español. Por comparación con la anteriormente descrita, es más filosófica y menos aventurera... puede ser una joya del pasado, pero la técnica de imagen, como puede suponerse, la deja anticuada... Recomiendo pinchar en el iconito de la rueda dentada (debajo de la pantallita) y seleccionar la máxima calidad posible de imagen... mejorará algo... pero no gran cosa... seguirá siendo una película antigua.



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2- Sección Por alusiones... repetición'

Aunque el poema 'La canción del pirata', de José de Espronceda, es archiconocido, siempre es agradable de recordar, por la cadencia y musicalidad de sus versos... Es uno de los máximos exponentes de la literatura española del periodo romanticismo.

'La canción del pirata' (Vídeo alojado en "Youtube"... de 3:36 de duración.



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jueves, 14 de agosto de 2014

'Las palabras del viento' (tercera entrega)

Blog "Ataxia y atáxicos".

Mamen García
Por María Narro, pseudónimo literario de Mamen García, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara.
Extraído de 'GuadaQué'... (ver enlace al original en "fuente"... al final del artículo).

Notas del administrador del blog:

Con permiso explícito de Mamen, iremos reproduciendo en este blog los capítulos de la novela 'Las palabras del viento', previamente editados por ‘GuadaQué’, y dejando constancia, en forma de enlace, de la fuente original... Nuestra perioricidad pudiera ser de un capítulo (entrega) semanal. Si bien, no establecemos plazos concretos, ni fechas fijas de edición.

En cualquier caso, cada día a editar, como recordatorio, se consignarán los enlaces a los capítulos ya editados... con el fin de que ninguno de los lectores pueda perderse el hilo de la narración:

1- María Narro publica su novela por capítulos (presentación).
2- 'Las palabras del viento' (capítulo I).
3- 'Las palabras del viento' (segunda entrega)


Tercera entrega de la novela de María Narro "Las palabras del viento"


Portada de 'Las palabras del viento'
Bernarda Alba

Llegaría hasta lo más alto, cogería aquel nido de urracas con sus propias manos.

-¡Que te vas a caer! -gritaba Anastasia mientras se acercaba a grandes zancadas a la noguera para bajar de ella a su asilvestrada hija.

-Te ato, te juro que la próxima vez te ato -seguía diciendo mientras la guiaba a empujones hacia el melonar-. Madre ya no está pa estos trotes y la Micaela sa quedao n la escuela, ¡me cagoen la leche! Y aún dice el señor cura que tenis que aprender a leer y escribir... pa qué, eh, pa qué si un día te vas a abrir la cabeza, si no te la abro yo antes.


Bernarda llegó a la tierra cuando comenzaba el siglo que llevaría al hombre a la luna. Podía haber aterrizado en cualquier otro sitio, pero el destino quiso que lo hiciera en un pequeñísimo pueblo de la provincia de Guadalajara situado al pie de Sigüenza, Pelegrina.

Sus padres entraban ya en la vejez, mas los caminos del Señor son misteriosos y cuando ya soñaban con que su única hija les cuidaría, he aquí que se presenta otra mocosa a quien criar y vuelta a empezar. Y sólo por un revolcón rápido sobre la paja emulando los años de juventud.... ¡en verdad que los caminos...!

-En verdad que los caminos del Señor -gritaba don Catalino desde lo alto del púlpito- son misteriosos, las tardías heladas han arruinado la cosecha y cuando más desesperados teníamos que estar, Él nos premia con una nueva vida. Una nueva vida que llenará de ternura todos los corazones. Procedamos, pues, a bautizar a la pequeña. ¿Cómo has dicho que se va a llamar, Chencho? -preguntó el señor cura.

-Bernarda Alba -respondió el padre.
-Bernarda Alba Pérez -apuntó la jovencita que sostenía a la niña en brazos.

Durante sus primeros años de vida, la pequeña de los Alba no supo bien quien era su madre, si Micaela a quien llamaba madrina y le preparaba las sopas de aceite con azúcar que tanto le gustaban, o bien, aquella otra mujer vestida de negro que siempre gritaba. A su padre, sin embargo, le conoció enseguida porque le gustaba mucho reír.

Bernarda adoraba las noches en las que, al amor de la lumbre, su padre le contaba cómo el abuelo Jesús había luchado contra los franceses cuando destruyeron el castillo de los obispos; cómo por combatir como un héroe le habían regalado tres cerdos y una pareja de borriquillos...

-A mamporrazo limpio... primero uno y luego otro... y toma, y toma... Tinías que haberle visto contándolo, Bernardilla -decía Inocencio entre risas, excitado por los recuerdos.

-Padre, pero... ¿por qué dice quel Bonaparte se llama como el generalo de los franceses?

-Porque el generalo se llamaba asin y el Bonaparte es hijo de aquellos borriquillos que le regalaron los franceses al abuelo Jesús.

-No lo entiendo... –decía la pequeña Bernarda mirando fijamente la lumbre que iluminaba el hogar y viendo en ella a su abuelo luchando contra el mismísimo Napoleón para que no le robara el nombre a su burro-, entonces... ¿por qué dice la madrina quel generalo se llamaba don Napoleón Buenaspartes? No creo yo que don Napoleón quisiera más nombres... amás, seguro que era rico.

-Mira, hija... yo pa algunas cosas soy igsnorante porque no fui a la escuela, pero sé que el burro Bonaparte tiene más de francés que de españolo -y apurando el vino del porrón, le dijo a la chiquilla mientras caminaba hacia la cama arrastrando los pies-, sólo tienes que ver lo siñoritongo que es. Buenas noches, Bernardilla.


Cuando su padre se olvidó del porrón y buscó, escopeta en mano, al Zacarías por todo el pueblo, su madre a llorar por los rincones y la madrina a engordar, ella aún no había cumplido los siete años.

Bernarda no sabía muy bien cuál era el castigo que les enviaba el Señor, pero sí temía que aquel castigo llevase a madre a la tumba como le repetía tantas y tantas veces su padre. Y el fatal temor se cumplió antes de que su hermana pariera.

A partir de que su madre faltó, la pequeña Bernarda tuvo que hacerse mayor. Micaela contrajo una extraña enfermedad de tristeza y no se tenía en pie, su padre vivía entre las cortes y la bodega del Saturnino, y ella aseaba y cuidaba la casa y a Bonaparte. La señora Vicenta, hermana de don Catalino, ayudaba a la niña en sus tareas de cocinera y había prometido hacerse cargo del parto.

Los padres de Zacarías habían negado una y otra vez que la tripa de Micaela fuera obra de su hijo, aunque reconocieron que de pequeños pudieron ser novietes ya que siempre estaban juntos, las cosas habían cambiado tajantemente desde que el niño estaba en el Seminario de Sigüenza. Eso decían los padres del chaval, nada les importó que la jovencita jurara que no conocía más varón que a su hijo.

Vicenta cumplió la promesa que le había hecho a Inocencio y asistió a su hija mayor en el parto, y aunque cuando su nieto suplantó los llantos de su madre y su tía hubo alegría en su corazón, pronto el silencio y después el vacío volvieron a presidir su alma. El bebé había dejado de respirar al poco de nacer.

-Ha sido mejor así –le dijo la señora Vicenta- el niño no venía entero, jamás hubiera sido una persona normal, ahora deje usted a la Micaela llorar hasta que se recupere, mientras, le traemos a las mellizas de la Pilara pa que las amamante y se gane unos dineros. Yo me seguiré ocupando de enseñar a la Bernarda a ser una buena cocinera, tú no te preocupes por ná.


De camino a la bodega Inocencio Alba respiraba tristeza. Pero no porque el niño hubiera muerto ya que si era deforme había pasado lo que tenía que pasar, mejor eso que tenerlo toda la vida escondido y alimentado, sino porque el niño hubiera sido justamente eso, un niño. Y no como él que sólo había sido capaz de engendrar dos hijas, sanas, robustas y brutas, pero niñas al fin y al cabo.
Mas el vino del Saturnino le ayudó a olvidar las penas y a darse cuenta que, ¡de menuda se había librado!

Cuando el llanto se borró de la cara de Micaela al igual que la leche de sus pechos, entre las dos hermanas consiguieron que su casa fuese una de las más limpias y prósperas del pueblo; su melonar el más hermoso, sus cortes las menos apestosas, sus dos cerdos los más gorditos, y Bonaparte un burro muy obediente. No importó ni a nadie preocupó que Bernarda dejara de ir a la  escuela cuando tenía ocho años. La chiquilla era feliz ayudando en su casa y cuidando a los animales, cosa que no le ocurría cuando doña Manolita se empeñaba en enseñarla a escribir y, como había demasiado que hacer, Inocencio nunca quiso saber que la niña no iba a la escuela.


Cierta mañana en la que Micaela echaba agua de una palangana oxidada sobre la entrada de la casa, se oyó la trompetilla de Jacinto. Acto seguido comenzó el pregón:

-¡Se hace saber, por orden del señor alcalde, que no se pué sacar agua del pozo del tío Jeremías hasta...!

Bernarda salió de la casa como una tromba llevando entre sus manos un cuchillo y la patata que estaba pelando, y corrió hacia la plaza. Ella no tenía que sacar agua del pozo de nadie porque tenían el suyo propio en el melonar, pero había oído a Jacinto y verle cuando pregonaba era su más dulce sueño. Mientras el muchacho seguía lanzando su mensaje a voz en grito, un grupo de curiosos se había reunido en la plaza y Bernarda, adelantándose a todos, le miraba sin pestañear aunque sus manos siguieran pelando la patata.

De vuelta a su casa y ya sin la magia del pregonero, vio acercarse al pueblo un carro cubierto por una lona verde. Se detuvo e hizo visera para resguardar sus ojos del sol con la mano en la que llevaba el cuchillo. Una mula avejentada tiraba pesadamente del carromato, atados a los barrotes traseros del mismo: una burra, una cabra y una mona.

Por lo que de nuevo echó a correr tropezando al entrar en la casa con su hermana Micaela.

-¡Pero niña, tú tás tonta u qué! Hasta el Bonaparte es más educaó que tú.

-¡Qué vienen los titiriteros! –gritó la pequeña.


A la hora de la comida se acercó como invitada a casa de los Alba la señora Vicenta; mientras saboreaba la tortilla de patatas y unas suculentas gachas, le dijo susurrando a Micaela:

-Vete con ojo que el Zaca te anda buscando.

La jovencita ocultó su rubor al escuchar a su padre decir que si los gitanos habían montado ya su circo era mejor acabar con la tortilla e irse con la sartén de gachas para la plaza.

-No, padre, que los titiriteros no empiezan hasta que no se vaya el sol y no hay gachas pa tós –le contestó Bernarda con la boca llena.

Cerca de la anochecida Inocencio se puso la chaqueta de pana verde con ayuda de su hija mayor. Cogió a Bernarda de la mano, a quien habían quitado toda la roña de las rodillas y puesto su vestidito blanco de ganchillo, y partió hacia la plaza.

Micaela les seguía llevando dos taburetes de madera. Dos taburetes de madera y un corazón anhelante. La señora Vicenta había abierto la caja de Pandora al anunciarle que su príncipe aún se acordaba de ella. Una malévola caja de la que había salido la peor de todas las desgracias humanas según don Catalino, la lujuria.

Sentada entre las sombras, Micaela, aún de luto, miraba a Zacarías mientras éste la devoraba con los ojos. Antes de que la cabra seguida de la mona llegara al final de la escalera, Micaela le dijo a su padre que tenía ganas de orinar. Inocencio que no había reparado en la presencia del muchacho pues tenía suficiente con mirar a la gitana descalza de enormes pechos que animaba a la cabra a trepar, le dijo que se fuese y no tardase; de vez en cuando le llegaban las risas de su Bernardilla y él también reía las enormes bondades de la belleza de pies desnudos.

Y en la oscuridad de lo prohibido, los dos jóvenes amantes se apretaron en su abrazo sin mediar palabra.

Las manos temblorosas del jovenzuelo subieron con prisas la saya después de haber chupeteado un sostén rebosante de penas sin curar, y ni siquiera había llegado a rozar la piel desnuda de la muchacha cuando dejó de gemir.

-Hemos de volver con los demás, mi princesa –dijo Zacarías subiéndose la cremallera de los pantalones, pero al darse cuenta de que se había mojado le pidió que volviera ella sola.

Micaela asintió mientras se colocaba la ropa entre minúsculos espasmos de confusión enamorada.

Oyendo ya la algarabía de los gitanos empezó a rezar para no volverse a quedar embarazada. El canto de un grillo le acompañó en sus rezos.


A la mañana siguiente todos los chiquillos del pueblo se acercaron a jugar con los animales que llevaban los titiriteros. También Micaela acudió a la plaza, aunque ella en busca de su amor.


Dando de comer a la burra, la cabra y la mona, se encontró a varios niños capitaneados por su hermana Bernarda, a Zacarías no le vio hasta que no se fijó en una hermosa gitanilla. Junto a ella, que ayudaba a desmontar el circo ambulante, estaba él acarreando los trastos más pesados. Si no le hubiera visto sonreír a la muñeca gitana como antes siempre lo hacía con ella, ninguna puñalada de celos le hubiera atravesado las entrañas.



-¡Bernarda! –gritó intentando calmar su furia y no abalanzarse sobre aquella morena para arrancarle los ojos- ¡Bernarda, que vengas te digo!

-Pero… ¿y qué hago con la mona?

-La dejas en la monería y te vienes pa la casa que hay que preparar la cena.

-Pero si acabamos de desayunar la torta que nos trajo la señá Vicenta… –le decía suplicante la pequeña que ya estaba a su lado y miraba con envidia a sus amiguitos que habían empezado a jugar al Pasimisí con la cabra y la mona.

-No me hables de la Vicenta –le cortó Micaela arreándola una colleja- y deja de mirar a la piojosa gitana que va a por mi Zaca…

-Si yo no... ¡ah! se llama Encarna y…

-¡Que tires pa la casa te he dicho, leches! –le cortó de nuevo su hermana mayor pegándola un empujón.



Mamen García
Mercedes

-Adivina, adivinanza –dije mientras acababa de hilvanar una camisa- ¿cuál es el ave que pone en la paja?

-¡La gallina! –dijo Anita levantando la vista del bordador.

-Mierda para quien lo adivina –le dije soltando una carcajada; siempre picaba.

-A ver, chica lista, si sabes ésta –me dijo Tomás desde el final de la clase- Entre dos piedras feroces sale un hombre dando voces, ¿qué es?

-¡Un cuesco! –contestó Morse al verme hacer el gesto de que no lo sabía.

Todos los alumnos estallamos en carcajadas y doña Asunción entró pidiendo silencio. De nuevo se fue y las chicas nos quedamos cosiendo mientras los chicos apretaban los tornillos de algunas sillas.

Cinco minutos después me llamaron para que saliera al pasillo. Don Cosme estaba allí, su sobrina puso una mano sobre mi hombro.

-¿Pasa algo? –pregunté.

-Merceditas, hija, tu abuela... –balbuceó en un susurro el señor cura.

-Mercedes, a tu abuela la han tenido que llevar a Guadalajara, al hospital -dijo doña Asunción.

-¿Por qué? –volví a preguntar.

-No es grave, cariño –me decía la maestra a la vez que acariciaba mi pelo-, bueno, mejor es que sepas que sí es grave.

Cuando a doña Asunción y a su tío se le serenaron las ideas, pudieron decirme que habían encontrado a mi abuela inconsciente en el huerto. Tenía la boca torcida y el médico creía que había sufrido una trombosis.

-¿Una qué? –pregunté.

-Que se le ha paralizado medio cuerpo –dijo don Cosme.

-¡Ay, tío, por Dios, que todavía no lo sabemos! Mira, Mercedes, hasta que traigan a tu abuela del hospital te quedarás en mi casa ¿te parece bien?

-Lo que usted diga, doña Asunción.

A la semana de estar mi abuela ingresada fui a verla con la maestra. Como me habían dejado allí unos días al empezar el curso para descubrir lo de la anemia que había vuelto, fui muy confiada. Pero aquello había cambiado mucho, ya no olía a inyección ni había largos y estrechos pasillos blancos, ahora olía a tristeza, a mucha tristeza, locura y miedo, por lo que caminé hasta llegar a la cama de mi abuela escondida detrás de doña Asunción. Al reparar en mi temor me cogió de la mano.

Nunca había visto una habitación tan grande como el ayuntamiento llena de camas; todas estaban ocupadas por mujeres mayores. Unas lloraban, otras vomitaban y algunas dormían, pero había una que se empezó a reír como una loca despeinada señalándome con el dedo índice, y a mí se me llenaron los ojos de agua.


La abuela dormía. Su hermana que estaba junto a ella cuando llegamos, nos dijo que había pasado mala noche.

Salimos fuera para no despertarla. La tía Micaela empezó a decirle a la señora maestra que en cuanto dieran el alta a mi abuela nos iríamos a vivir con ella, a su casa.

-¿A Pelegrina? –preguntamos las dos a la vez-, ¡pero si nosotras no vivimos allí, tenemos nuestra casa! –seguí diciendo yo sola.

-La de tu abuelo Jacinto –espetó como si escupiera la tía.

-¿Y qué? –volví a preguntar.

-Pues que tu abuela ahora tiene que vivir en su casa que es donde vivo yo, porque no puede cuidarse a sí misma.

-Siempre lo ha hecho –dije sin saber muy bien de lo que hablaba.

-¿Pero qué leches le habéis contado a ésta niña que le ha pasado a mi hermana? –preguntó bruscamente la tía mirando a la maestra.

-Un poco... muy poco, no queríamos preocuparla –respondió ésta.
-¿No quería preocupar a la niña?, ¿pero usted se oye? Con razón mi pobre hermana decía que estaba rodeada de atontaos –y agarrándome de un brazo me dijo–, escúchame bien, María de las Mercedes, a tu abuela se le ha paralizado medio cuerpo, ya no puede andar y de momento, tampoco hablar...

La señora maestra colocó su mano sobre mi hombro.

-Pero yo la puedo ayudar hasta que se ponga bien, dejaré el colegio si es preciso... –dije antes de ponerme a llorar por la cara de enfado que tenía la tía y por no entender que mi abuela ya no pudiera andar y de momento, tampoco hablar.

-Será preciso porque te vienes conmigo y con tu abuela a Pelegrina, yo sola no puedo ocuparme de todo.

-Micaela, no creo que...

-Usted aquí no tiene ni voz ni voto, señá maestra, por mucho que la agradezca que se quede con la niña unos días más –decía la tía-, todo está decidido, y ahora vamos a despertar a mi hermana para que vea a su nieta. Y tú –dijo mirándome y alargándome un pañuelo blanco-, límpiate esas lágrimas y suénate los mocos.


Mi abuela salió del hospital recién estrenada la primavera del 66. Una ambulancia la llevó hasta la casa donde había nacido, su hermana venía con ella.

Yo había llegado aquel mismo día por la mañana a Pelegrina, y aunque Morse, su padre, la señora Angustias, don Cosme y la maestra estaban conmigo, me sentí perdida y quise no conocerlas cuando las vi llegar. Ni siquiera sabía por qué había una vieja maleta de madera con todas mis cosas en el pasillo de casa de mi tía.

A la abuela la sentaron en una silla con ruedas, que había traído el padre de Morse de Sigüenza, después de bajarla entre todos de la camilla que sacaron de la ambulancia. Don Cosme colocó un tablón encima de los dos escalones que precedían a la puerta de la casa, y después, empujando la silla, pasó sobre ellos. La tía despidió a los de la ambulancia y me ordenó que entrara en la casa para acostar a mi abuela. Se negó a que nos ayudara nadie y echó a cada uno a su casa, y a Dios a la de todos.


Miré a Morse mientras apretaba con fuerza el dobladillo de mi delantal nuevo, pero le vi torcer la esquina de la plaza sin despedirse de mí. Me mordí los labios para no llorar y la señora maestra me besó en la frente diciendo que ella arreglaría todo.

-¡María de las Mercedes, cierra la puerta y ven ya! –voceó la tía desde la alcoba que había al lado de la cocina-, hay que acostarla antes de que venga don Justino y la Fernanda.

Don Justino era el médico que visitaba Pelegrina, sabía quien era ya que también iba a mi pueblo, pero a Fernanda, aunque había oído hablar de ella, no la conocía. Me intrigó como nada el oír a mi abuela alguna vez hablar de las hijas de leche de su hermana. Cuando me di cuenta de que no había insultado a nadie, supe que las hijas de leche de la tía eran unas mellizas que había amamantado y casi criado. Lo que no supe es cómo lo hizo porque aunque tenía buenas tetas, nunca estuvo casada y por lo tanto no había podido tener hijos. Doña Asunción me había explicado lo que era un ama de cría, pero que para tener leche en los pechos había que parir. Entonces le dije a la abuela que, la tía para poder amantar a sus hijas de leche, había tenido que tener un hijo. La colleja que me arreó acto seguido casi acabó con mi intriga, y de cuajo con toda confidencia.

Después de acostar a la abuela y verla cerrar los ojos, la tía y yo fuimos a preparar un pequeño cuarto que había en la cámara. Cuando acabó de hacer la cama, bajó a la cocina a preparar unas sopas de ajo para comer. Oí llegar al médico y a Fernanda, pero no me apresuré en bajar. Mi cuaderno de poesía entre las manos e intentar adivinar por qué Morse había olvidado despedirse de mí, podían más que mi curiosidad por todas las hijas de leche del mundo.

Le veía desaparecer torciendo la esquina de la plaza sin despedirse una y otra vez, una y otra vez.

Apreté el cuaderno sobre mi pecho y cerré los ojos, y sólo entonces me di cuenta de que yo no habría podido decirle adiós sin ponerme a llorar... quizá a él le había pasado lo mismo.

Sin pensarlo busqué una hoja en blanco, cogí el lapicero del fondo de la maleta y escribí:

No importa que la vida juegue a separarnos,
mientras piense en ti
estarás dentro de mí.


Al dejar de nuevo el cuaderno en la maleta una hoja doblada se desprendió de él. Me agaché y la cogí mientras oía a la tía llamarme. Desdoblé el papel. Allí estaban las vocales del código morse, la sangre de su familia:

A: punto y línea; E: punto; I: dos puntos; O: tres líneas; U: dos puntos y una línea.

La tía volvió a llamarme y acurrucando aquel papel al lado de mi corazón, bajé a conocer a su hija de leche.




Fernanda era una mujer gruesa y alta, muy morena, y casi tan mayor como mi tía, aunque hubiera jurado que era mayor si no hubiese sabido que era su hija de leche. Llevaba un vestido marrón oscuro casi hasta los píes, pero lo que más llamó mi atención fue un enorme crucifijo de madera, colgado de un cordón verde, que le caía a la altura del pecho y golpeó mi cara al darme dos impetuosos y sonoros besos.

-La pequeña Mercedes... ¡cómo has crecido! –decía cuando entró don Justino en la cocina.

-Micaela tenemos que hablar –dijo el médico poniéndose al lado de mi tía.

-Usted dirá –contestó ella mientras se limpiaba las manos con un trapo y le miraba fijamente.

Fernanda y yo también le miramos.

-¿Quién ha dicho que tu hermana no puede hablar?

-De momento, don Justino, de momento no habla nada.

-Porque no quiere –le contestó éste.

-No me sea tan listillo que a mi pobre Bernarda la daó una  trombosis y eso es mu grave.

-Lo sé, Micaela, lo sé –le contestó muy seriamente el señor médico-, yo la encontré en el huerto no se te olvide, y ahora llevo más de media hora examinándola y tiene todo el lado izquierdo del cuerpo totalmente paralizado...

-Entonces ¿por qué ha dicho que no habla porque no quiere? –le interrumpió Fernanda.

-Porque cuando cerraba el maletín y le decía que volveré mañana me ha mandado a la mierda.

-¿Cómo...? –preguntó la tía.

-Exactamente ha dicho: Váyase usted a la mierda.

Mi tía y Fernanda corrieron hacia la habitación de la abuela, yo acompañé a don Justino a la puerta y luego las seguí. No pude ocultar una sonrisa al entrar a su cuarto, si de momento ya hablaba, seguro que pronto volvería a caminar y regresaríamos a casa.


Dos días después, sentada bajo las murallas del castillo pues no había podido subir a las Hoces porque el camino estaba demasiado embarrado, miraba al cielo sin saber qué estaba pasando. No entendía por qué había tenido que dejar de ir a la escuela, ni por qué pensaba tanto en Morse, ni siquiera entendía por qué a mi abuela no le daba la gana hablar.

No había vuelto a decir una palabra después de mandar a don Justino a la mierda. Yo sabía que el médico no mentía, la abuela era así, al menos desde que murió mi hermana. Isabel... Isabel, siempre pensaba en ella cuando estaba triste, o en las historias que nos contaba la abuela sobre un burro que siempre iba adelante o delante, o pa’lante como decía entre risas, o en las canciones de mamá...

Mamá..., mi madre..., una madre que me abrace...

-No, nunca supe lo que es eso y no quiero saberlo -grité a la vez que rebeldes lágrimas se amontonaban en mis ojos y comenzaban a correr cuesta abajo, igual que yo alejándome del castillo.



Pocos días después el padre de Morse trajo las gallinas a Pelegrina y empecé a temer que nuestra estancia en el pueblo iba a durar.

Como la tía no tenía gallinero sino unas cortes donde hacía muchos años habían criado cerdos, las dejamos allí.

-¿Qué tal con la monja? –me preguntó el padre de Morse.

-¿Qué monja? –pregunté a su vez cuando quería haberle preguntado por qué su hijo no venía a verme.

-Fernanda la de Sigüenza –dijo a la vez que sacaba las gallinas de la furgoneta y las metía en las cortes-, aunque la verdad es que no es monja, vive en el convento de las Ursulinas y es una soli... una solitaria no, no, una ¡solidaria! –siguió diciendo cuando conseguimos cerrar la puerta con las gallinas dentro.

-¿Una solidaria? –le pregunté.

-Algo así como una mujer con pantalones pero vestida de monja –contestó subiendo al asiento de la furgoneta de un salto-. Toma esto, me lo dio Morse para ti antes de irse a Cifuentes

Y dándome una pequeña caja de cartón llena de esperanza, me dejó con las gallinas de las cortes y una enorme sonrisa. La quise abrir en cuanto le vi perderse entre el polvo del camino, pero la caja estaba tan bien atada, cosida y pegada que tuve que esperar a encontrarme con el costurero para coger las tijeras.


La tía hacía labor y compañía todas las tardes a mi abuela. Ella seguía sin hablar, por lo que don Justino habría quedado por mentiroso si no me hubiese visto entrar a escondidas al cuarto mientras su hermana se había quedado dormida. Al acercarme al costurero después de comprobar que la tía Micaela roncaba dulcemente, la abuela chilló:

-¿Qué llevas ahí escondido, cacho bruja?

-¡Hermana...! -chilló también la tía abriendo los ojos de súbito.

-¿Qué pasa? ¿La muda? -gritó Fernanda entrando corriendo por la puerta.

-¡La..! –le dijo la tía-, ¡mi hermana que no es muda!

-¡Por el amor de Dios! –dijo Fernanda arrimándose a la cama de mi abuela y cogiéndole una mano- A ver, Bernarda, dígame usted algo...

-Muda lo será tu madre –le espetó la abuela.

Mientras Fernanda y la tía miraban al techo santiguándose cogí las tijeras, me santigüé también y salí de la habitación.

Dentro de la caja que me había entregado el padre de Morse encontré una piedra con forma de corazón, un sobre y una hoja arrugada. Alisé aquel papel y pude leer:

‘Sólo cuando aprendas el abecedario del código morse, podrás saber lo que pone dentro del sobre’.

El abecedario completo estaba anotado por detrás de la hoja. Rasgué y abrí el sobre. En un trozo de cartulina roja había escritas  estas dos frases:

- .    --.- ..- .. . .-. ---       
y debajo ponía

-. ..- -. -.-. .-    - .    ...- --- -.--    .-    --- .-..  ...- .. -.. .- .-.

Tardé unos quince días en  traducir aquellas dos frases, la primera lo hice la misma tarde en que abrí la caja. Decía que me quería, y saboreando aquella dicha de la cartulina roja me fui a dormir la noche en la que todos supieron que mi abuela podía hablar.

En los días que siguieron no tuve ni un pequeño respiro para acercarme a la caja de nuevo. La abuela quiso que sembrara patatas, tomates y melones, en un pequeño trozo de tierra que había bajo su ventana, que yo sola cuidara a las gallinas pues ya sabía, y que todas las tardes Fernanda y su hermana Micaela me enseñaran a hacer bolillos en su cuarto.

Una tarde en la que las tres nos hallábamos haciendo compañía a la abuela y yo me sentía más sola que nunca, llegó doña Asunción.

Estuvieron casi toda la tarde hablando de las travesuras del nieto de la señora Felisa, a quien mi abuela había ayudado a traer al mundo, hasta que la maestra dijo:

-Bernarda, mi tío ha conseguido una plaza en las Ursulinas para Mercedes.

La abuela se sonó ruidosamente la nariz e ignoró a la maestra.  

-¿En las Ursulinas? –preguntó Fernanda.

Doña Asunción asintió y volvió a mirar a la abuela que intentaba doblar el pañuelo con la única mano que podía mover.

-La nieta de mi hermana no va a ingresar en ningún convento –dijo la tía.

-También es un colegio –dije yo.

-Tú te callas y trae tu pastilla pa la anemia y la que mandó el matasanos pa mí...

-Bernarda...

-Y usté también se calla, señá maestra, que es una desgracia mu grande no saber callar...

Salí de la habitación, en la que mi abuela chillaba como nunca ordenando a doña Asunción que se callara, adivinando que sólo un milagro me sacaría de Pelegrina. Cuando regresé a la habitación con las pastillas, la maestra estaba de pie y se despedía. Dejé los medicamentos sobre una mesita y la acompañé a la puerta. Me abrazó antes de irse y me dio un pequeño libro:

-Te hará compañía y sobre todo te hará pensar –dijo mientras yo miraba con curiosidad la portada de aquel Principito y me limpiaba las lágrimas que no quería que  resbalaran por mis mejillas-, No te preocupes, Mercedes, seguiré insistiendo.

Después de llevar el libro a mi habitación volví al cuarto de la abuela, pero me quedé en el pasillo mirando al suelo sin atreverme a entrar.

-Lo que le faltaba a la mocosa ésta, irse a Sigüenza como una siñoritonga.

-Podría trabajar y estudiar y el dinero se lo enviaría a ustedes, de siñoritonga nada, madre.

Fernanda llamaba madre a mi tía Micaela. Oí toser a la abuela y a la tía callarse.

-¡María de las Mercedes! –chilló de pronto la abuela-, tráeme la palangana y ayúdame a refrescarme.

Aquella noche se me cerraban los ojos mirando un sombrero que escondía un elefante y llamando idiota a quien pensara que aquello era una boa que se había comido algo tan grande. ¡Qué ridiculez! Cerré el libro y lo dejé en el suelo. Al soplar la llama de la vela que me permitía leer sin que se enteraran, una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar que, si se trataba de servir y de enviar el dinero a la abuela, los milagros podrían existir.

Pero los días iban pasando sin que nadie mencionara el futuro; las gallinas de las cortes cada día daban más trabajo, y mis tareas en el huerto habían aumentado recogiendo lo sembrado y volviendo a sembrar pues había llovido mucho aquella primavera, por lo que las tardes de bolillos dieron paso a pequeños y escondidos ratos de lectura. Y no sé si no entendí el Principito, o es que me hizo daño la soledad de aquel niño, pero el libro de Saint Exupéry no me gustó y lo guardé enseguida. En su lugar me aprendí el abecedario del código morse aunque ya había descifrado la segunda frase de la cartulina. Nunca te voy a olvidar, decía, y eso me hacía seguir.

Cierto día en el que volvía del lavadero llevando un barreño de ropa limpia y el trozo de cartulina roja que me envió Morse en el bolsillo del delantal, vi una furgoneta desconocida en la puerta de la casa de mi tía. Entré y fui a la cocina, cogí las pinzas para tender la ropa y antes de salir al patio oí que hablaban desde el cuarto de la abuela. Dejé el barreño y las pinzas sobre un taburete de madera y me encaminé de puntillas por el pasillo hasta donde pudiera escuchar. Tardé un rato en darme cuenta  de que hablaban de mí pues mencionaban a alguien que podría estudiar en unas clases nocturnas para adultos...

-A ver Bernarda –decía Fernanda- por qué tiene usted ese empeño en que la niña no vaya a Sigüenza.

La abuela no contestaba y Fernanda siguió hablando:

-Sor Dolores ya le ha explicado que necesitan un pinche de cocina y alguien que ayude con la limpieza, yo vendré todos los días para ayudar a mi madre...

-Y el huerto y las gallinas ¿qué? -rugió de pronto mi abuela.

-Pero no le estoy diciendo que...

-Que no, leches, que no. Por Sigüenza anda el gitano y si una vez me hicieron cargar con el mochuelo ahora no quiero ni que la mire a la ca...

-¡Déjate de sandeces!, ni siquiera sabes si aún sigue vivo el malnacío ese –la interrumpió con brusquedad su hermana.

Yo me había apoyado en la pared sin darme cuenta, la abuela llamaba gitano a mi padre.

-Y piensa en lo bien que nos van a venir las mil pesetas que le paguen a la chica –siguió diciendo mi tía.

-Bueno, si me disculpan –dijo una voz que no conocía- yo me tengo que marchar. Ustedes se lo piensan y ya me dirán.

-La acompaño hasta la puerta, hermana –oí decir a Fernanda.

Salí disparada hacia el patio, no sabía dónde estaba el barreño con la ropa para tender… sólo sabía que mi padre estaba en Sigüenza.



Acabé el solitario y horrible verano del 66 ataviada con una vieja bata gris, pelando kilos y kilos de patatas, fregando cacharros y escaleras que se multiplicaban, descansando a la hora del ángelus y el rosario, pero fuera de Pelegrina.

Sor Dolores, la madre superiora, me había concedido tres horas libres los sábados por la tarde, tenía muy claro en qué quería emplearlas, pero ¿por dónde y cómo empezar si no conocía a nadie?

Y vagando, aquel mi primer sábado por los largos pasillos de las Ursulinas adiviné que mi vida, la vida, empezaba allí.

(Continuará)

Fuente original en 'GuadaQué': Las palabras del viento - María Narro - capítulo 3.

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martes, 12 de agosto de 2014

'Rimas y leyendas'

Blog "Ataxia y atáxicos".

A través de la segunda entrega de la novela ‘Las palabras de Viento’, de María Narro, pseudónimo literario de Mamen García, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara... editada en este blog hace cuatro días, hemos llegado, por alusión en varias ocasiones, a versos de Bécquer:

Según se dice en un artículo de la enciclopedia Wikipedia, que sirve de fuente de datos para la realización de esta pequeña reseña, muy resumida, Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, nació en la ciudad de Sevilla en el año 1836. Y fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo. Si bien, por ser un romántico tardío, ha sido asociado igualmente con el movimiento posromántico.

Aunque en vida Bécquer ya alcanzó cierta fama, solamente después de su muerte y tras la publicación del conjunto de sus escritos, alcanzó el prestigio que hoy se le reconoce.

Su obra más célebre es ‘Rimas y Leyendas’:

Las rimas son un conjunto de poemas numerados, con rigurosa métrica y excelente musicalidad. Y son esenciales para el estudio de la literatura hispana, sobre la que ejercieron posteriormente una gran influencia.

Las leyendas son un conjunto de narraciones publicadas entre 1858 y 1864. Estas narraciones tienen un carácter íntimo, evocando el pasado histórico, y se caracterizan por una acción verosímil con una introducción de elementos fantásticos o insólitos. Fueron publicadas en periódicos madrileños de la época, como ‘El Contemporáneo’, o ‘La América’.

Al librito (60 páginas en ".pdf") 'Rimas y Leyendas" puede accederse pinchando en: Rimas y Leyendas, de Bécquer.


Hacia sus veintitantos años, Bécquer enfermó de tuberculosis. Y falleció en 1870, a los 34 años… Estaba casado, y tenía tres hijos… En los días de su agonía, de forma premonitoria, pidió a su amigo, el poeta Augusto Ferrán, que quemase sus cartas ("serían mi deshonra"), y que publicasen su obra literaria ("Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo").


Como colofón, se inserta un video musical, alojado en YouTube", en el cual, Nacha Guevara canta unos versos de Gustavo Adolfo Bécquer: 'Volverán las oscuras golondrinas, volverán'... ¡Es una preciosidad de canción, aunque el tono susurrante sea poco apto para "tenientes", como yo! :-)



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